By Horacio Quiroga

Los angeles selva es el escenario y personaje omnipresente de estos cuentos. los angeles selva misionera, con su violencia traditional incontenible, frente al hombre, aliado a veces, destructor las más, de esa naturaleza salvaje. Humor y tragedia se combinan eficazmente en estos cuentos, dando como resultado ejemplos antológicos de ese difícil arte que es el cuento, en el que Quiroga se reveló auténtico maestro. Relatos l. a. tortuga gigante. Las medias de los flamencos. El loro pelado. los angeles guerra de los yacarés. l. a. gama ciega. Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre. El paso del Yabebirí. los angeles abeja haragana.

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Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida. Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban: -No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes.

Exclamó por fin-. Me doy por vencida. ¿Dónde estás? Una voz que apenas se oía -la voz de la abejita- salió del medio de la cueva. -¿No me vas a hacer nada? -dijo la voz-. ¿Puedo contar con tu juramento? -Sí -respondió la culebra-. Te lo juro. ¿Dónde estás? -Aquí -respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita. ¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto.

Los muchachos hacen bailar como trompos esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto. -Eso es lo que voy a hacer -dijo la culebra-. ¡Fíjate bien, atención! Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco. La culebra se reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo: -Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.

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